Carlos Loyola, el ingeniero que (casi) nació con la boleta: rumbo a la jefatura de la ONPE
Carlos Loyola, ingeniero con 20+ años en el sector público, está a un paso de dirigir la ONPE: la burocracia applaude, los sellos practican y las boletas sueñan.

Titular exagerado pero verosímil: Carlos Loyola Escajadillo, ese ingeniero con más de dos décadas de romance con el sector público, está a un paso de asumir la jefatura de la ONPE. No se sabe si llegó acompañado de un reglamento, una calculadora o una funda con boletas, pero la formalidad ya le hizo una serenata.
Dicen las malas lenguas y los buenos sellos que Loyola es el tipo de funcionario que habla en diagramas de flujo y sueña en tablas de Excel. Tras veinte años en el Estado, su currículum brilla con la misma intensidad que una fotocopiadora recién encendida: experiencia, puntualidad y una capacidad casi mística para encontrar el folio perdido en el cajón tres.
La candidatura fue recibida con reacciones tan variadas como la paleta de colores de los bolígrafos de mesa de votación. Por un lado, los entusiastas de la transparencia prometen enviarle velas y manuales; por el otro, los románticos de la burocracia le ofrecen un kit de inicio con sello, cinta adhesiva y un cronograma analógico.
Entre sus supuestas hazañas —según fuentes oficiales que prefirieron no revelar su número de teléfono porque temen que les hagan llenar otro formato— figura la implementación de procesos tan eficientes que hasta los lapiceros ya saben dónde esconderse para no perderse en los conteos. Si la diplomacia fuera un botón, Loyola lo habría colocado en modo "apretar con calma".
No todo es seriedad: los analistas de café y las tías que firman planillas en comedores vecinales opinan que su llegada podría revolucionar la ONPE. Propuestas imaginarias filtradas desde la oficina de ideas (y la cocina de alguna casa de familia): mesas de votación con control remoto, urnas que devuelven recibos con stickers y un chatbot que responde "Su voto fue contado, gracias por su paciencia" en cinco idiomas.
Cita irreverente de la casa: "Si los sellos hablaran, pedirían vacaciones", afirmó el Dr. Hipérbole, profesor honorario de Burocracia Aplicada en la Universidad de la Colilla del Lápiz. "Loyola entiende la burocracia como quien entiende un rompecabezas: con paciencia, muchas piezas sobrantes y un plano que nadie más puede leer".
Estadística absurda, pero atractiva: según un sondeo imaginario hecho entre carpetas, 83.7% de las boletas confesaron en privado que extrañaban a alguien que las mime con un sello. El restante 16.3% está indeciso, porque dice que la tinta no combina con su tono.
Si finalmente asume la jefatura, se espera una ceremonia sobria: corbatas alineadas, discursos con notas de prensa, un brindis con agua mineral y la promesa eterna de optimizar procesos. Los optimistas sueñan con una ONPE digitalizada; los nostálgicos, con un archivo donde cada expediente tenga su propio pequeño nombre.
Conclusión no solicitada: más allá del chiste y del sello, la llegada de un ingeniero con experiencia pública puede significar un intento serio por ordenar lo que muchos llaman "el sálvese quien pueda del papeleo". O por lo menos, ofrecerle a la burocracia un director técnico con silbato y cronómetro. Mientras tanto, los sellos siguen practicando su tonalidad, las boletas hacen yoga y el país mira con curiosidad —y una sonrisa irónica— la próxima página del expediente.
Nota final: si ve a un funcionario consultando un manual de instrucciones para abrir una urna, no se alarme: probablemente esté afinando su técnica de jefe.
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