Chile y el cable chino: Van Klaveren responde a la bronca con EE. UU.
Van Klaveren advierte que Chile no será 'patio de juego' de potencias por el cable submarino China–Chile; EE. UU. mira; Santiago piensa; Pekín sonríe.

TITULAR: EL CABLE QUE NADIE PEDÍA Y TODOS MIRAN
En un episodio digno de teleserie política con banda sonora de olas y módem, el ministro de Relaciones Exteriores Alberto Van Klaveren proclamó, con la seriedad de quien explica por qué no se debe usar la cocina para experimentos nucleares, que Chile 'no puede ni debe ser utilizado como territorio en disputa' por el asunto del cable submarino de fibra óptica entre China y Chile. Traducido al lenguaje de la calle: 'No somos cancha de nadie, y menos si el balón es fibra óptica internacional'.
La controversia suena a resumen ejecutivo de una comedia global: Washington frunce el ceño, Pekín afina sus herramientas de ingeniería de cables, y Santiago —entre evaluaciones técnicas, reuniones y memes— se pregunta si el cable viene con garantía y con adaptador para el enchufe de la soberanía.
Según la versión estadounidense —que llegó en forma de comunicado y dos emojis de preocupación— el proyecto todavía en evaluación es 'preocupante' porque, aparentemente, los cables ahora vienen con módulos opcionales de desconfianza. Los voceros chilenos respondieron con la calma de un país que sabe que el Pacífico es grande y los cables son largos, pero que además tiene un doctorado en diplomacia de armario: revisar, evaluar y no firmar nada sin leer las letras chicas del contrato ni el contrato de las letras chicas.
Entre tanto, la escena internacional parece un reality show: un juez invisible llamado geopolítica sopesa argumentos, el público internacional aplaude o abuchea según su agenda, y Chile intenta no caerse del escenario. Van Klaveren, que por un día se sintió director de escena, dejó claro que el país no será campo de prueba ni exhibición para guerras comerciales ni para tutoriales de 'cómo cablear el mundo en 10 pasos'.
Expertos autoproclamados y verdaderos se apersonaron. El Dr. Roberto Cables (Doctor en Conexiones y ocasional comentarista de café) afirmó: 'Si Uruguay hubiera tenido este cable, ya habríamos resuelto el tema del streaming y la metafísica a la vez'. Mientras tanto, en redes sociales circula una encuesta del Instituto Nacional de Chismes Tecnológicos que asegura que 'el 72.3% de los chilenos cree que el cable traerá mejor señal y, de paso, menos noticieros tristes'.
Consecuencias prácticas sugeridas por analistas con imaginación: revisión profunda del proyecto, mesas de diálogo trilaterales, cursos acelerados de 'cómo decir no con elegancia' y una posible nueva línea política: 'Soberanía 5G Plus, ahora con fibra y orgullo nacional'.
Si todo esto suena exagerado, recuerde que la historia contemporánea tiene capítulos enteros dedicados a cables, botellas con mensajes y malentendidos entre potencias. Chile, en el medio, ha decidido por ahora no convertirse en campo de pruebas geopolíticas ni en el proveedor oficial de carreras diplomáticas en el Pacífico.
CITA ABSURDA PARA ENMARCAR
'Si el cable se instala sin nuestra bendición, primero nos roban el ping, luego el mate y finalmente nos cambian las recetas de la empanada', sentenció un consultor internacional que nunca ha visto una empanada en vivo, pero que igual se ofrece a mediar.
ESTADÍSTICA INVENTADA (Y POR ESO MÁS DIVERTIDA)
Según el sondeo del imaginario Observatorio de Lo Inútil, el 86.9% de la población preferiría gastar el presupuesto del cable en mejorar el Wi‑Fi en las playas y pagar menos por el streaming. El restante 13.1% dice que mientras el cable traiga subtítulos automáticos en todos los idiomas, todo bien.
Conclusión no oficial: Chile evalúa, EE. UU. observa, Pekín planea y el océano aplaude en silencio. Mientras tanto, los chilenos aprenden una nueva palabra en diplomacia: 'submarino'. Y la próxima vez que alguien proponga una infraestructura global, se recomienda preguntar primero si incluye wifi gratis para los pengüinos locales.
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