Ernesto Palacio y sus 25 años de ópera: Aida, bigotes solemnes y una fiesta lírica que desafía el tráfico limeño
Ernesto Palacio celebra 25 años del Festival Alejandro Granda con una Aida monumental; ópera, drama y coros que prometen más glamour que el tráfico limeño.

Titular: Aida, arias y aires de grandeza (o al menos buena iluminación)
Lead: Ernesto Palacio, el tenor peruano que aun hoy hace vibrar las ventanas de Miraflores con notas que suben más que el precio del ceviche, celebra 25 años del Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda. ¿La excusa? Montar una Aida tan monumental que podría servir de punto de referencia para los turistas que se pierden en la ciudad.
Ernesto Palacio habla con solemnidad y una sonrisa de quien sabe que el vibrato bien colocado arregla casi cualquier despiste burocrático. Fundador del festival que lleva el nombre de Alejandro Granda —ese santo patrón de los coros, según la versión oficial y la no oficial— Palacio explica que la Aida escogida para el aniversario no es solo una ópera: es un ritual público en el que las trompetas anuncian la llegada de la élite, los solistas practican poses para Instagram y los bailarines hacen lo posible por no tropezar con el vestuario que parece trasladado de un museo egipcio con presupuesto de mercadito.
Sobre Alejandro Granda, Palacio lo describe con la devoción con la que uno habla del abuelo que te dejó la casita en el campo: inspirador, exigente y con más anécdotas que páginas tiene la programación del festival. “Alejandro nos enseñó que la ópera es una cosa seria… y que los aplausos siempre van después del acto tres”, dicen las biografías no oficiales, mientras en los pasillos se susurra que su verdadero talento fue convencer a patrocinadores de que los faldones con lentejuelas eran una inversión cultural.
Acerca del estado de la ópera en Perú, Palacio ofrece la misma mezcla de esperanza y realismo poético que ofrece cualquier director de arte cuando le preguntas por presupuesto. “La ópera en el Perú está viva —afirma—; a veces está viva en salas llenas, a veces en transmisiones por internet con tres espectadores y un gato de fondo.” Entre ironías, señala que el público ha cambiado: ahora hay jóvenes que vienen por la estética, influencers que vienen por la foto y abuelos que vienen por la memoria. Todos juntos forman una especie de coro social que aplaude con entusiasmo y desconcierto.
En su versión menos solemne, la Aida del aniversario promete efectos especiales capaces de dejar sin habla a más de uno: naves que aparecen y desaparecen, reyes que bajan escaleras con la dignidad de quien ha leído el guion una vez y coros que —según fuentes confiables— fueron entrenados para afinársele a la luna cuando el director levanta la batuta.
Estadística absurda (pero convincente): 73% de los asistentes admiten no entender la trama de Aida, pero regresan por la confitería. Otra cifra, igual de útil: el 1 de cada 4 espectadores cree que ‘Aida’ es el nombre de una nueva marca de pisco.
Cita ficticia dramáticamente útil: “La ópera cura lo que la política no puede —dice el autoproclamado experto Prof. Juanito Barítono, Doctor Honoris Causa en Vibratos Inimportantes—. Y si no cura, por lo menos suena bonito.”
Para Palacio, el festival es una maquinaria de belleza con alguna gotera: sirve para elevar el alma del público, para dar empleo a cientos de talentos y para recordar que en el Perú también se canta fuerte, se gasta en plumas y, de vez en cuando, se logra que el vecino deje de poner reggaetón a todo volumen justo a tiempo para el acto final.
Conclusión: 25 años después, el Festival Alejandro Granda sigue siendo la prueba de que la ópera, como la buena sazón limeña, mejora con los años y con un toque de exageración. Y si la Aida no convence del todo, al menos dejará buenas fotos, mejores anécdotas y la certeza de que hay gente dispuesta a aplaudir hasta que se apaguen las luces (o hasta que alguien traiga más vino).
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