Mincul otorga Personalidad Meritoria de la Cultura a Almeyda, Sánchez Gularte y César Santa Cruz
El Mincul declara Personalidades Meritorias de la Cultura a Miguel Almeyda, Manuel Sánchez Gularte y al póstumo César Santa Cruz: ovaciones y confeti oficial.
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Titular provocador: El Mincul entrega medallas, aplausos y un certificado que también sirve como posavasos.
En una ceremonia que combinó solemnidad, confeti y la inevitable foto con corbata desajustada, el Ministerio de Cultura decidió que tres nombres merecían la distinción "Personalidad Meritoria de la Cultura": Miguel Ángel Almeyda Morales (actor, escritor y gestor cultural), el cantautor Manuel Enrique Sánchez Gularte y, en un acto que hizo llorar hasta a la cafetera de la sala, el póstumo músico, docente e investigador César Santa Cruz Gamarra.
Los laureados desfilaron —o, en el caso del homenajeado póstumo, fueron evocados con más estilo que algunos elementos del protocolo— mientras el público practicaba el arte ancestral del aplauso de compromiso. Fuentes no oficiales (un funcionario con corbata de confeti) aseguraron que la ceremonia cumplió con todos los manuales: música, discursos, y una breve instrucción sobre cómo posar con la medalla sin parecer que te la acabas de robar de una vitrina.
Miguel Almeyda recibió su distinción y, según testigos, interpretó tres caras distintas: la de sorpresa, la de actor en temporada alta, y la de gestor que recuerda facturas. Manuel Sánchez Gularte, por su parte, prometió seguir componiendo canciones que se puedan llorar en cafeterías y tararear en buses. El homenaje póstumo a César Santa Cruz Gamarra tuvo un momento especialmente teatral: un asiento vacío con una placa y, por si la tecnología falla, un playlist con sus investigaciones musicales reproducido a volumen emocional.
La ceremonia también ofreció novedades protocolarias: el diploma venía impreso en papel reciclado, la medalla incluye un mosquetón para colgarla del llavero, y el brindis oficial fue con agua mineral —celebrando así la austeridad responsable y el buen gusto por lo efímero. Un organizador explicó, con expresiva seriedad, que "entregar premios culturales es una forma eficaz de mantener felices a los artistas y ocupadas a las prensas".
Cifras que nadie pidió: según el Instituto Nacional de Aplausos Ceremoniales (INAC), el 87.3% de los asistentes aplaudió por cortesía, el 9.6% aplaudió porque creía que era hora de que su celular dejara de sonar, y el 3.1% aplaudió con auténtica emoción. Otro dato, sacado de la manga y aprobado por consenso entre fotógrafos y viudas de fotógrafos: el 100% de las fotos oficiales sale mejor con un poco de confeti en el pelo.
Cerró el evento un discurso que mezcló la palabra "cultura" con términos como "alianza estratégica", "rutas de cooperación" y "fortalecimiento institucional" —frases que, traducidas, significan: "seguiremos otorgando medallas mientras podamos". Al filo del final hubo un instante para la reflexión: los premios no arreglan el mundo, pero sí generan buenas historias para la prensa y una foto familiar decente.
Cita absurda (pero oficializada por un comité imaginario): "Con cada medalla que damos, le devolvemos a la cultura un poquito de su sentido… y la medalla anterior al taller de reparación", declaró un vocero sonriente.
Conclusión irónica: el Ministerio adjudicó honores, la prensa jugó al bingo de frases hechas, y los galardonados —vivos y póstumos— sumaron una línea más al currículum. La cultura, por su parte, sigue siendo un misterio hermoso que, de vez en cuando, se celebra con oropel, discursos y una medalla que, seguro, terminará colgada en una pared con más historia que el decreto que la autorizó.
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