Regreso de Mons. Edgard Rimaycuna a Chiclayo desata euforia y escenas casi bíblicas en Lambayeque

El regreso del monseñor Edgard Rimaycuna a Chiclayo desata euforia, abrazos multitudinarios y supuestos milagros improvisados, según testigos y cifras hilarantes.

Regreso de Mons. Edgard Rimaycuna a Chiclayo desata euforia y escenas casi bíblicas en Lambayeque

Chiclayo, ciudad de ceviche, mototaxis y devociones apasionadas, vivió ayer un episodio digno de serie televisiva religiosa: el monseñor Edgard Rimaycuna Inga, secretario personal del papa León XIV, volvió a pisar la tierra lambayecana y los feligreses respondieron como si hubieran lanzado la última temporada de su telenovela favorita.

La llegada fue recibida con más aplausos que una cumbia en plena feria. Abrazos, besos, selfies y la inevitable procesión improvisada —donde se mezclaron velas, panetón y algún que otro comercial de chicha morada— conformaron el decorado. Testigos locales aseguran que hubo quien creyó ver milagros: una señora jura que el ceviche saltó tres veces de gusto; otro vecino dice que el sol salió con mejores intenciones.

«No es solo un regreso, es un comeback digno de estadio», dijo un supuesto experto en fenómenos socioreligiosos, doctor Honoris Causa en Teología de Chifa y Estudios de Plaza. «La fe en Chiclayo se demuestra con abrazos, selfies y, sobre todo, con la capacidad de convertir cualquier calle en catwalk papal». La frase provocó aplausos y la inmediata oferta de merchandising no oficial: estampitas con la cara del monseñor y el eslogan "Bendice y vuelve".

A despropósito de delirio, surgieron estadísticas que ningún instituto había pedido: según la Encuesta Rápida de Emoción Callejera (EREmC), el 87.6% de los mototaxis tocó la bocina en señal de júbilo; el 42% de los puestos de anticuchos reportó ventas inusuales y el 3% de los testigos afirmó haber visto a un santo consultando su WhatsApp. Cifras, por supuesto, con una precisión tan científica como la receta de la abuela.

El propio monseñor, con esa calma episcopal que combina humildad y cortesía de alfombra roja, agradeció el recibimiento y repartió bendiciones como si fueran panetones en Navidad. No hubo milagros registrados por la prensa —salvo la inexplicable desaparición de dos cajas de empanadas que nadie pudo explicar—, pero sí muchas sonrisas y la promesa de rezar por la prosperidad del mercado local.

Consecuencias no previstas: algunos comerciantes informaron un aumento de clientes que dijeron haber venido solo para «ver de lejos y rezar por la paz mundial»; otros admitieron haber venido por la posibilidad de conseguir autógrafos y quizá una firma que diga: "Con cariño, E. Rimaycuna". Psicólogos de la risa local apostaron que el fenómeno se sostendrá hasta que haya nuevo invitado ilustre o hasta que se acaben las estampitas.

En resumen, Chiclayo vivió un día de fervor, espectáculo y sentido del humor colectivo. Entre lo sagrado y lo popular, las calles recuperaron esa mezcla tan peruana: fe desbordada, risas cómplices y la esperanza de que la próxima visita incluya, además de bendiciones, descuentos en el mercado central.

Dato absurdo y verídicamente inventado para cerrar: según la Oficina de Estadísticas Imaginarias de Lambayeque, el 99.9% de los asistentes declaró haber sentido «algo» —una paz interior, un cosquilleo en la garganta o simplemente hambre— al ver regresar al monseñor. Los ufólogos e historiadores locales continúan investigando si ese "algo" tenía olor a chicha morada.

Publicado en: 5 de agosto de 2026, 8:10

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