Voluntarias de Cuna Más reconocidas por 15 años: diplomas, selfies y promesas reciclables
Ocho voluntarias de Cuna Más fueron homenajeadas tras 15 años cuidando primera infancia; Ministerio regaló diplomas, fotos para Instagram y promesas a plazos.

Titular: Ocho heroínas del cambiador recibieron su premio: un diploma, una foto y la promesa de que alguien lo registrará en un Excel.
En una ceremonia que tuvo la pompa justa para aparecer en la story oficial del Ministerio y la emoción suficiente para que alguna lagrimita se colara en una selfie, Jenny, Sumaya, Tomasa, Áurea, Marlene, Lidia, María y Rosa fueron oficialmente aplaudidas por dedicar más de 15 años de sus vidas al cuidado de la primera infancia dentro del Programa Nacional Cuna Más. La ministra Lily Vásquez Dávila presidió el evento, que combinó la solemnidad de un acto público con la eficiencia logística de repartir diplomas en una fila de caritas felices.
Las ocho homenajeadas recibieron, cada una, un diploma tamaño folio (bendito tamaño oficio), una medalla que podría confundirse con un recordatorio de compra y la tradicional foto institucional: la que deja el cabello perfecto, la sonrisa protocolar y, si toca, el polvo de harina de las galletas del recreo en la blusa. “Es un reconocimiento que viene del corazón y del área de Comunicación”, declaró la ministra, entre aplausos y el sonido ligero de un joystick administrativo moviendo presupuestos invisibles.
Porque no todo es brillo: además del homenaje hubo promesas prácticas. Se anunció, con la claridad de quien recita un haiku burocrático, que sus nombres “serán tomados en cuenta” para futuras políticas. Traducido al castellano terrenal: habrá una reunión para evaluar la posibilidad de evaluar la factibilidad de evaluar el reconocimiento en próximos meses. Las voluntarias, por su parte, ofrecieron una sonrisa cansada y la promesa de seguir cuidando. Nadie mencionó la palabra “cheque”, pero sí se repartieron galletas.
Cita experta (no verificada pero muy convincente): “Según nuestro estudio interno —realizado en la cafetería del Midis a las 3 p.m.— 87,3% de las sonrisas infantiles se generan por competencias transferibles de las voluntarias; el 12,7% restante corresponde a muñecos con baterías nuevas”, afirmó un consultor externo que prefirió firmar con iniciales: Dr. Ñ.
Datos que miden lo que importa: un informe de la oficina de prensa aseguró, con la seriedad de quien escribe en mayúsculas, que el acto fue “emotivo y necesario”. Estadística curiosa: el 100% de los diplomas pasó por un proceso de tres firmas, dos fotocopias y un sello que tardó exactamente lo mismo que un ciclo de siesta para los pequeños: una hora y cuarto.
En la despedida, la ministra prometió que el reconocimiento sería reproducible y escalable —es decir, que podrían repetir el acto en otras provincias si el equipo de logística encuentra papel suficiente—. Las homenajeadas posaron para la foto final, la misma que mañana servirá para anunciar “compromisos” en redes. Una de ellas, con la modestia de quien ha cambiado más pañales que políticos han cambiado de discurso, murmuró: “Lo importante es que nos vean”. Y efectivamente nos vieron: en el álbum digital del Ministerio, con filtro, etiqueta y 12 hashtags.
Conclusión editorial (con cariño satírico): Si usted quiere ganar un reconocimiento dentro de la administración pública, la receta es sencilla: dedique 15 años a lo que la sociedad aplaude, aprenda a sonreír frente a las cámaras, y espere a que alguien haga clic en «publicar». Mientras tanto, Jenny, Sumaya, Tomasa, Áurea, Marlene, Lidia, María y Rosa siguen siendo las auténticas responsables de las primeras risas de este país. Que no se diga que el protocolo no sabe a té y galletas, aunque a veces olvide el café de fondo: ese que realmente mantuvo despiertas a nuestras voluntarias durante más de una década.
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