Huaicos en Arequipa: cuatro muertos y la gran función de la gestión pública
Huaicos en Arequipa dejan cuatro fallecidos, entre ellos un padre y su hijo. Sátira sobre la tragedia, la gestión pública y el desfile de excusas oficiales.

Titular sugerente, tragedia real
Arequipa sumó cuatro víctimas mortales tras los huaicos que arrasaron con lo que encontraron a su paso. Entre los fallecidos hay un padre y su hijo: una familia que no merecía convertirse en número de una estadística mensual. Lo decimos por si hace falta: nuestras condolencias siguen intactas, aunque la comedia de la gestión pública no haya fallado en su acto.
La tormenta trajo agua, piedras y, como marco, el clásico desfile de responsabilidad diluida. Las torrenteras, según los lugareños, hicieron su trabajo: bajaron con estilo, aplastaron lo que encontraron y hicieron overflow como si fueran influencers de la hidráulica. Por su parte, la maquinaria estatal —esa que funciona mejor en reportajes— ofreció un recital de ruedas de prensa, promesas y explicaciones cuya duración promedio fue exactamente la misma que el intervalo entre la primera alerta y la presencia de ayuda efectiva: indefinida.
Que no se malinterprete la sátira: los huaicos mataron. Lo ridículo es que, tras cada tragedia, el guion sea siempre el mismo: foto institucional, “estamos trabajando”, promesas de estudios, y presupuesto que viaja en sentido contrario a la lluvia. Mientras tanto, las quebradas siguen siendo ocupadas por construcciones que parecen diseñadas por alguien que juega SimCity sin leer el manual.
Un experto (de nombre imaginario porque en la vida real no aparecen) declaró: “El 63% de los huaicos coincide con la hora en que el alcalde estaba en reunión; el resto son horarios de libre improvisación”. Estadística no oficial, pero suena convincente en la sobremesa de cualquier vecindario con aroma a barro.
La postal final: luto, policías, familiares desconsolados y, de fondo, la misma promesa de siempre: “ahora sí” tocará hacer un estudio, una reparación, una licitación y —si todo sale según la previsión burocrática— una nueva placa conmemorativa. Para cuando eso ocurra, el río habrá limpiado la memoria ajena y el próximo desastre tendrá su propia alfombra roja.
Exigimos, en tono medio serio y medio irónico, que la próxima función no incluya víctimas. Que la planificación urbanística deje de ser una leyenda urbana, que la respuesta sea inmediata y que la condolencia no quede en el tuit de rigor. Mientras tanto, Arequipa llora a cuatro personas; la burla institucional aplaude desde la tribuna.
Cita curiosa: “Si las torrenteras tuvieran Instagram, tendríamos más alerta temprana que con algunos sistemas oficiales”, sentenció un vecino con botas de lodo y sentido común.
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